La profesión médica siempre ha sabido estar a la altura ante las grandes tragedias. A la altura y, sobre todo, al frente. La exposición conmemorativa del 125 aniversario del Colegio de Médicos de Cádiz debía haberse inaugurado el pasado jueves 29. El accidente ferroviario de Urda en la víspera y la consideración a las víctimas, familiares y seres queridos exigía un gesto médico, en este caso, el tercero del noble arte de escuchar, curar a veces y consolar siempre. Consolar. Empatizar con quienes consuelan y con quienes reciben ese consuelo.
La exposición, que podrá visitarse con nueva fecha desde el día 17 de noviembre, dedica un espacio propio a la explosión de 1947. Se presenta así:
“El 18 de agosto, a las 10 menos cuarto de la noche, estallan en el depósito de explosivos de la Armada situado en el barrio de San Severiano más de mil cargas de profundidad empleadas en la lucha antisubmarina, arrojando un balance de 152 muertos, 350 heridos graves y miles -se calcula que unos diez millares- de afectados. 270 personas requirieron de hospitalización.
El 17 de octubre, en reconocimiento a la labor de las “clases médicas” tras la explosión, el Gobierno promulga un Decreto, que se publica en el BOE de 16 de Noviembre, por el que se concede al Colegio de Médicos de Cádiz la Gran Cruz de la Orden Civil de Sanidad, y se le distingue como “entidad representativa de los Médicos, Farmacéuticos, Practicantes y demás auxiliares sanitarios civiles y de los Ejércitos de dicha Provincia”.
Por este motivo nuestro Colegio posee desde entonces el título de Excelentísimo, y es el único de España en ostentarlo”.
De pronto, los hechos, viajando en el tiempo, se concatenan y cobran una nueva dimensión. Ahora es momento de tener presentes a los profesionales sanitarios de Castilla-La Mancha -no olvidemos a los de Ceuta y Melilla- que reeditan aquella abnegación y escuchan, curan y consuelan.
En la tragedia afloran y se elevan las manos generosas.










