- Antonio Jesús Bellón Alcántara.Doctor y Académico Correspondiente de Medicina
- Carlos Miguel Bellón Crespo. Ingeniero técnico en informática de gestión
- Antonio Jesús Bellón Crespo. Doctor en Derecho y Máster en Seguridad
Al inicio del curso 1896-97, Pablo Ruiz Picasso tuvo su primer estudio propio que le había procurado su padre, D. José Ruiz Blasco, un profesor de arte que le transmitió sus conocimientos teóricos sobre la pintura.
En 1897, con 15 años, pintó su primera gran obra, Ciencia y Caridad (figura 1). El tema y la composición del cuadro fueron idea de su padre y en él quedan reflejadas las influencias de la época.
La obra fue exhibida en la Exposición General de Bellas Artes de Madrid en 1897, donde recibió una Mención Honorífica. Posteriormente, en la Exposición Provincial de Málaga obtuvo la Medalla de Oro.

La relación de Ciencia y Caridad con la tradición es evidente. Como influencias reconocibles podemos citar las siguientes:
a/ La pintura social española. La temática del cuadro recuerda a artistas como Joaquín Sorolla en sus obras Triste herencia, y ¡Aún dicen que el pescado es caro!, aunque con un tono más sombrío.
b/ El realismo europeo. Esta obra de Picasso evoca la seriedad compositiva y el interés por la condición humana de pintores como Jean-François Millet (La muerte y el leñador).
c/ El Greco. La paleta oscura y los rostros alargados y expresivos, especialmente el de la enferma, recuerdan la pintura de El Greco.
Para apreciar plenamente Ciencia y Caridad en necesario situarla en el contexto de su tiempo. La España de finales del siglo XIX era un país de profundas contradicciones, marcado por la pérdida de las últimas colonias y una agitación social creciente. En el ámbito artístico, el realismo social ganaba terreno, tanto en Europa como en España. Este movimiento buscaba reflejar las condiciones de vida de las clases más desfavorecidas, con un enfoque moralizante y/o compasivo.
La escena del cuadro se representa en el interior de una modesta alcoba; postrada en la cama se encuentra una mujer pálida y demacrada con aspecto de estar gravemente enferma. A su lado, sentado en una silla, un médico barbado le toma el pulso con su mano izquierda, mientras con la derecha sostiene un reloj, al cual dirige su atenta mirada. En el lado opuesto de la cama, de pie, una monja ofrece a la enferma un tazón de caldo con su mano derecha, mientras con la izquierda sostiene al niño de la paciente, que mira fijamente a su madre.
La escena transmite, simultáneamente, patetismo y calma. Tanto el médico como la monja son conscientes de la gravedad de la situación: la enferma puede morir de un momento a otro y el niño quedar huérfano y desamparado. El médico no atiende a la paciente apresuradamente, sino que se encuentra sentado y concentrado en su labor asistencial. La monja, por su parte, le ha preparado a la enferma una taza de caldo para intentar reconfortarla y está cuidando de su hijo. El niño se encuentra cómodo en brazos de la monja, pero mira fijamente a su madre aunque, por su corta edad, no puede percibir la crítica situación.
La modelo que posó para la figura de la enferma fue una pobre mujer que pedía limosna en las inmediaciones del estudio de Picasso y que fue contratada con el niño a dos duros por sesión, más los regalos y golosinas que le diesen al pequeño. Inmediatamente, nos surge la curiosidad: ¿Qué suponían en 1897 dos duros (10 pesetas)? Los historiadores económicos han podido reconstruir estimaciones a partir de datos de archivo, nóminas y estudios de la época. Un obrero especializado (metalúrgico, impresor) ganaba diariamente 3-4 pesetas. A este respecto nos viene a la memoria una canción de la famosa zarzuela La verbena de la Paloma, estrenada en Madrid en 1894, tres años antes de que Picasso pintara Ciencia y Caridad; dice así: <<Y que un honrado cajista, ¡maldita sea la…!, que gana cuatro pesetas y no debe ná…>>. Un cajista era un oficial de imprenta que juntaba y ordenaba las letras de plomo para componer lo que se debía imprimir. Por tanto, si es cierto que la pobre mujer fue contratada a dos duros por sesión, “vería el cielo abierto” para poder aliviar un poco su lamentable situación económica.
El cuadro posee un simbolismo muy profundo: se trata de una alegoría y, al mismo tiempo de una apología, de dos valores humanos, la ciencia y la caridad, que aparecen en la pintura en una perfecta fusión armónica, transmitiendo al espectador la idea de que ambos valores no sólo son compatibles sino complementarios.
La ciencia, encarnada en la figura del médico, representa el progreso, la razón y el método. Es la fe en el avance científico y la medicina moderna como instrumentos para vencer la enfermedad y evitar la prematuridad de la muerte. El modelo que posó para la figura del médico fue el propio padre de Picasso (Figura 2).

La caridad, representada por la monja, simboliza la compasión, la fe religiosa y el consuelo espiritual. Su acción de ofrecer un tazón de caldo a la enferma y cuidar a su hijo es un gesto de calor humano y desinterés; en definitiva, es el empleo del amor al prójimo como bálsamo para el sufrimiento.
La genialidad de la composición reside en cómo estos dos valores humanos, ciencia y caridad, no se presentan como opuestos o simplemente independientes, sino como complementarios. Tanto el médico como la monja buscan el alivio de la enferma, aunque desde ámbitos diferentes.
Llegados a este punto, cabe plantearse la siguiente cuestión: ¿Es suficiente la ciencia para cubrir las necesidades del ser humano cuando éste enferma, o necesita también el consuelo de la caridad? La caridad (agápe en la filosofía griega) es un amor altruista, íntimamente relacionado con la solidaridad, empatía y compasión y, en nuestra opinión, un buen médico clínico también puede y debe transmitírsela a sus enfermos. El paciente, por su parte, debe percibir en todo momento que no está solo y desvalido ante su enfermedad, sino que cuenta con el apoyo científico y humano de su médico, en la seguridad de que hará por él todo lo posible para aliviarle y curarle de sus dolencias. Así lo entendía también el filósofo romano nacido en Corduba (Córdoba), Lucio Anneo Séneca, (4 a.C.-65 d.C.) en su obra De beneficiis (VI, 16): << ¿Por qué al médico y al preceptor les soy deudor de algo más, por qué no cumplo con ellos con el simple salario? Porque el médico y el preceptor se convierten en amigos nuestros, y no nos obligan por el oficio que venden, sino por su benigna y familiar buena voluntad. Así, al médico que no pasa de tocarme la mano y me pone entre aquellos a quienes apresuradamente visita, prescribiéndoles sin el menor afecto lo que deben hacer y lo que deben evitar, nada más le debo, porque no ve en mí al amigo, sino al cliente. ¿Por qué, pues, debemos mucho a estos hombres? No porque lo que nos vendieron valga más de lo que les pagamos, sino porque hicieron algo por nosotros mismos. Aquél dio más de lo necesario en un médico: temió por mí, no por el prestigio de su arte; no se contentó con indicarme los remedios, sino que me los administró; se sentó entre los más solícitos para conmigo, y acudió en los momentos de peligro; ningún quehacer le fue oneroso, ninguno enojoso; le conmovían mis gemidos; entre la multitud de quienes como enfermos le requerían, fui para él primerísima preocupación; atendió a los otros en cuanto mi salud lo permitió. Para con ése estoy obligado, no tanto porque es médico, como porque es amigo >>.









