Antonio Fernández-Repeto Valls
Cuando me propusieron desde este Excmo. Colegio Médico dedicar una glosa a mi compañero y amigo Emilio De Torres López, se me vinieron a la memoria gran multitud de momentos que habíamos compartido. Hoy las redes sociales establecen al instante los sucesos y las opiniones de todos los que las siguen. Desde el fallecimiento de Emilio solo he podido leer comentarios loando su magnífica e ingente labor como pediatra a lo largo de sus años de profesión. Todos, sin excepción destacan su dedicación vocacional a su especialidad y su amor a la pediatría. Muchos somos los que hemos confiado el cuidado de nuestros hijos e hijas a su sapiencia y sin duda siempre le tendremos que estar agradecidos. Pero en estas líneas que me dispongo a escribir quiero descubrir al amigo, y sobre todo al compañero con que compartí tantas horas de estudio hasta completar la carrera.

Aunque Emilio era algo mayor que yo y lo conocía desde nuestros años del bachillerato en el Colegio de San Felipe, fue cuando estudiando la Fisiología Especial de D. José María Corral nuestras vidas estudiantiles se cruzaron indefectiblemente. Desde ese momento hasta el final de nuestra carrera fuimos compañeros de estudio. Emilio llegaba a nuestro cubículo estudiantil en el patio de mi casa en Valverde y lo primero que hacía era deleitarnos con su bandurria antes de empezar nuestra sesión de estudio. Gracias a su maestría me fue adiestrando a mí también y aprendí a tocar (más o menos) ese instrumento, lo que me permitió debutar en el Falla con Los Dedócratas. Fueron transcurriendo los años y como las asignaturas nos exigían cada vez un esfuerzo mayor, a las sesiones de tarde se unieron las nocturnas. Nos reuníamos de nuevo por las noches y sobre las cuatro de la mañana acudíamos a una panadería, que por aquel entonces existía en la calle Rosario, comprábamos unos vienas recién salidos del horno y nos los tomábamos con un cafelito para reponer fuerzas. Tantas veces fuimos a esa panadería que el año que terminamos la carrera, los panaderos nos organizaron una fiesta para celebrarlo. Fueron momentos inolvidables.
También recuerdo con alegría y nostalgia los momentos que compartimos, los últimos años de carrera, en la Tuna de la Facultad y en los Coros de La Guillotina, Los Buhoneros y La Corporación bajo Mazas que nos permitió disfrutar también de grandes vivencias junto a compañeros algunos ya desaparecidos pero siempre perpetuados con cariño.

Otro recuerdo que se me viene a la memoria es que la última papeleta de nuestra carrera fue la del aprobado de Otorrinolaringología. Aparte de alguna que otra anécdota, que no viene ahora al caso, esa papeleta, que ponía fin a nuestros estudios de licenciatura, se la llevé personalmente al cuartel de Camposoto, ya que se había incorporado, nada más terminar los exámenes, a la mili y tuvo que pasar un año destinado en Ceuta hasta su licenciatura militar.
Durante esos años compartimos muchas, muchísimas horas de estudio, pero también tuvimos una convivencia tan intensa que acrecentó nuestra amistad. Emilio y Rosi se convirtieron también en una de las parejas con las que compartimos muchos ratos de asueto y posteriormente en 2009 pudimos disfrutar de un inolvidable viaje que nos llevó a recorrer casi toda Argentina.
Puedo asegurar, por lo vivido a su lado, que Emilio estaba predestinado a ser Pediatra. Es curioso que compartíamos los estudios dos aspirantes a médicos que tenían claro su futuro, él desde siempre quiso dedicarse al cuidado de los niños y yo estudié medicina para ser Oftalmólogo. Hoy, con el sistema imperante en la carrera, podríamos, gracias al sistema MIR, haber sido dos auténticos frustrados si no hubiéramos alcanzado la puntuación adecuada.
Estas líneas que he dedicado al que como he dicho fue mi amigo y compañero quiero que sean un homenaje a su memoria personal. Siempre nos unió una sincera amistad. Su perdida nos ha sumido, tanto a mi esposa como a mí, en un profundo pesar.
Descansa en Paz, amigo.









