Antonio Ares Camerino
Conseguir realizar una percepción espacial tridimensional en una pizarra con una simple caja de tizas de colores no está al alcance de cualquiera. Dibujar ambidiestro tampoco. Corría la década de los setenta y principios de los ochenta, del siglo pasado y un numeroso grupo de ávidos aspirantes a galenos y galenas, abarrotábamos el Aula Magna de la recién inaugurada Facultad de Medicina. Allí el Dr. Copano Abad, con su maestría y sentando cátedra, daba pulcritud en un inmenso encerrado de color verde, a huesos y músculos, articulaciones y tendones, venas y arterias, nervios y vísceras, e incluso a los ganglios basales más recónditos del mesencéfalo.
Los que tuvimos la suerte de conocerle, no sólo como profesor, sino también como profesional de la traumatología, pudimos apreciar su talante abierto y conciliador, su buen hacer y su destreza quirúrgica. Él decía que, para ser un buen cirujano, en cualquiera de sus diferentes especialidades, lo primero que había que ser es un buen anatómico.
De la Facultad de Medicina a la Clínica Nuestra Señora de la Salud, transcurría su vida profesional, sin dejar de lado la lejana Zona Franca, donde ejerció desde la traumatología a la ortopedia, pasando por la rehabilitación y la fisioterapia. Sus certeros diagnósticos y sus expertos consejos nunca caían en saco roto. Sus manos eran diestras con las tizas y mostraban los trastornos anatómicos degenerativos de las muchas horas de quirófano con exposición a los rayos X sin protección alguna.
Vivió como ejerció la medicina, con entrega docente y asistencial y una cordialidad que nunca renunció a un saludo. Como se dice en Cádiz, siempre ofrecía su cortesía y su sonrisa a toda aquella persona con la que se cruzaba, nunca se hizo el “longui”.
Nada le impidió ser motero durante muchos años, aunque el devenir del tiempo le hizo cambiar la gran cilindrada de las dos ruedas por una silla motorizada, menos veloz pero igual de libre. Todos los que tuvimos la suerte de asistir a sus clases comprendimos lo que era una cátedra ilustrada, en el sentido más literal de la palabra. Como era de Cádiz, Cádiz, volvió en cuanto pudo a sus raíces. De la calle Buenos Aires, donde nació, a donde fijó su residencia sólo hay unos metros. Más del Cádiz antiguo, imposible, calle Ancha esquina a San José, encima de la heladería “Los Italianos”. Su gaditanía era el ejemplo más señero de lo que aquí entendemos por “te espero en la esquina”. Allí en la esquina del Bar Liba estableció su oficina tertuliana. Esa reunión era tan plural, variada y tolerante, que bien podría establecerse como ejemplo de apertura y dialogo sin estridencias. Escuchar sin juzgar de antemano, hablar sin imponer.
Hablador y divertido, era todo un lujo tenerlo como amigo.
Desde aquí, desde este Colegio de Médicos de la Provincia de Cádiz, queremos manifestar nuestro sentimiento de la pérdida de un Gran Profesor, un Gran Profesional y de una Gran Persona. Un sentimiento que queremos hacer extensivo a sus hijas e hijos, Paola, Teresa, Lucia y Nono, y de manera muy especial a María Teresa, su compañera de vida, cuya pérdida supuso para él un gran dolor.
¡Querido Nono gracias por habernos enseñado!









