Opinión

La firma de Antonio Ares: ‘La ciencia y el deseo’

FUENTE: medicosypacientes

«Hacía un par de años que la más triste rutina había llegado a su pequeño piso. Desde muy temprano el televisor estaba funcionando y lanzaba a los cuatro rincones imágenes a las que nadie prestaba atención y noticias que a nadie interesaba. Después de hacer algunas faenas de la casa, el resto del tiempo lo dedicaba a cuidar de ella. El próximo mes hará cincuenta años de su matrimonio. Hacía tiempo que ella ya no estaba allí, a pesar de que su obstinada presencia  seguía deambulando como alma en pena. Él le ofrecía toda su atención y cariño, que eran mucho. De pronto una noticia le sobresaltó. Una presentadora, de cara conocida, daba cuenta del hallazgo. Se había descubierto una molécula que podría curar el Alzheimer. Una alegría contenida le sacudió el cuerpo. Mañana mismo iría a su Centro de Salud para ver cómo podría conseguir ese tratamiento milagroso. Al día siguiente su médico, el Dr. García, le devolvió a la cruda realidad. Muchos de los descubrimientos científicos se quedan en el camino. Desde que se empieza a investigar con una nueva sustancia hasta que está disponible en hospitales y farmacias pasan años. 

El deseo y las ganas van por delante, la ciencia siempre es más pausada» 

Nunca antes la ciencia ha trabajado tan a contra reloj. Hubo un tiempo en el que la pausa era la que marcaba el ritmo de la investigación. Las exigencias en resultados sólo venía impuesta por la mejor evidencia científica, esa que hace que todo pueda ser demostrado, contrastado y rebatido en caso de dudas, razonables o no. La inmediatez nunca es la norma de trabajo de la comunidad científica, que siempre debe asegurarse de la fiabilidad de los beneficios de sus hallazgos y de que la seguridad para la población está libre de complicaciones potencialmente más graves que los beneficios que se pueden obtener su uso. 

Y llegó la Covid-19. Y el mundo de la ciencia se puso patas arriba. Nunca antes había llegado una inversión tan millonaria. Se abrieron nuevas líneas de investigación que antes habían sido abandonadas por su lentitud en la obtención de resultados. La imaginación de la ciencia se puso al servicio de la humanidad. Pero el compromiso que se adquiría al aceptar las condiciones era que los resultados debían llegar en categoría exprés. La dilación tenía que verse reducida a cero. 

Por otro lado estaba la humanidad, que veía como millones de personas se les iban de las manos, que constataba que una mancha negra de dolor y sufrimiento se extendía sin miramientos sin distinguir ni norte ni sur, ni ricos ni pobres. El hartazgo y la desesperación entraron a formar parte de nuestra cotidianidad. El miedo y el asilamiento se habían convertido en la norma de las relaciones personales. Los espacios públicos se quedaron solos. Los hogares pasaron a ser improvisados lugares de trabajo y escuelas con profesores virtuales pero sin docencia en toda regla. La familia se redujo hasta su mínima expresión eliminando besos y la amistad prescindió de apretones de manos y abrazos. La soledad llegó a ser tan pertinaz que incluso en el trance último de la vida hubo personas que pasaron al otro lado sin compartir siquiera una mano amiga de consuelo. 

Y la clase política, tan dada a crear problemas donde no los hay, empezó a buscar soluciones sin encomendarse muchas veces a la ciencia. Sus deseos de llegar cuanto antes a una nueva normalidad le hicieron anteponer las ganas y la ansiedad a la evidencia y los datos. 

Organismos Internacionales lanzaron mensajes tardíos y recomendaciones contradictorias que cada país interpretó a su manera. Después de meses de confinamiento, de un estado de alarma eterno, de cierres perimetrales, de ruina mundial para los de siempre, de haber borrado las sonrisas de nuestras caras, de guerras comerciales de vacunas, de irrupción estúpida del negacionismo, de muchos meses para olvidar, se plantea la tan deseada desescalada. 

Los datos hacen vislumbrar un horizonte cuasi de normalidad, pero desde el principio de la pandemia nos hemos dado cuenta del marchamo de traición con el que este maldito virus nos sorprende cada pocas semanas. Nuevas cepas, resistencia, inmunidad dudosa, efectos post COVID, secuelas imprevisibles. La tan deseada eliminación de la obligatoriedad del uso de las mascarillas en espacios abiertos ha llegado para quedarse, probablemente será irreversible. Ello nos debe hacer actuar con suma cautela. Ya no estaremos ante una medida obligatoria con medidas sancionadoras coercitivas, sino que pasaremos al terreno, siempre subjetivo, de la responsabilidad individual. Debemos ser conscientes de que el virus permanecerá entre nosotros, incluso puede que se quede a vivir para siempre. Le vamos ganando terreno pero la batalla final está aún por librarse.  

La variante Delta (Cepa India. B.1.617.2) ha sido catalogada por la OMS como “variante de preocupación mundial”. En el Reino Unido es la variante circulante más frecuente, con más del 90% de los casos declarados. En España representa sólo el 1%, pero su contagiosidad hace suponer que al final del verano sea la cepa predominante. 

Investigadores estadounidenses y australianos han constatado que hace 25.000 años hubo una epidemia de coronavirus en el este de Asia, esto haría pensar que los actuales habitantes de esa zona pudieran tener una mejor memoria inmunología frente a la Covid-19. 

La ciudadanía ha demostrado que, con su responsabilidad, ha podido contener la transmisión comunitaria. Ahora nos toca ejercer como ciudadanos libres, sin miedo a una sanción, pero conscientes de que en nuestra mano está ganar esta maldita guerra. Es la hora de recuperar la calle con mesura, es el momento de demostrar que los comportamientos individuales están por encima de cualquier norma escrita, es el tiempo del egoísmo vírico, protégete y protegerá a los demás. 

“El deseo siempre superará la ficción, la realidad es mucho más contenida”.  

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