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Opinión

No hay alternativas

Antonio Ares Camerino

Publicado en LA VOZ DE CÁDIZ (2/11/2018)

Una alternativa es esa segunda oportunidad que nos brinda la vida. Esa segunda opción, con la que no contábamos, y que nos reporta la solución a nuestros problemas. Para todo existe un plan B. Todo puede tener dos lecturas. Una en la que se impone nuestro criterio basado en el saber de nuestros antepasados, la experiencia y la ciencia acumulada por otros durante años. Y la otra, en la que el saber pasa a un segundo plano y aparecen como ensalmo los sentimientos el deseo, las creencias sin fundamentos y, lo que es peor, los engaños a uno mismo.

El caso de la mujer cordobesa hospitalizada en la UCI del Hospital Reina Sofía (taponamiento pericárdico y perforación intestinal), tras someterse a un tratamiento naturista, vuelve a poner de manifiesto por un lado la insensatez y necedad de unos mal llamados profesionales que sin medios y cualificación se atreven a tratamientos para los que no tienen ni siquiera una simple autorización administrativa. Y por otro la inconciencia de pacientes desesperados que usan como tabla de salvación un clavo ardiendo que terminará quemándoles. La utópica esperanza y los rezos pueden servir en la encrucijada de la consternación, pero ponerse en manos de desaprensivos sinvergüenzas o curanderos de feria no tiene explicación.

La discusión en torno a las medicinas alternativas no es nueva, sobre todo en aquellos países, como Francia y Alemania donde están cofinanciadas por el Sistema Público. Los medicamentos homeopáticos son simplemente agua con presencia de sustancias en una proporción infinitesimal. La homeopatía creada por Jacques Benveniste, la Nueva Medicina de Hammer, la orinoterapia y todo un cortejo de falacias son simplemente alternativas delirantes de sanadores que creen en el más allá como única opción terapéutica.

Las pseudomedicinas no tienen que ver con el nivel de ingresos ni con la cultura, sino con la capacidad de desesperanza, de sugestión y de credulidad de esas personas en situación psicológicamente vulnerables. La desesperación ante la cruel noticia de una maldita enfermedad no distingue de clases. Todos queremos que alguien nos diga que el final será el soñado. Lo peor de todo es que estos sanadores encima alientan a que se abandonen las terapias indicadas declarándolas incompatibles con sus promesas milagrosas. El Ministerio de Sanidad realizó un estudio que concluía que cerca del 25% de la población recurría a las medicinas alternativas. Acupuntura, homeopatía, naturopatía, quiropráctica, el reiki, las flores de Bach, la reflexología, la medicina ayurvédica y la tibetana, y las medicinas cuánticas o la antroposófica, son algunas de las más de cien modalidades sanadoras.

Medicina sólo hay una, la de la ciencia contrastada, la de la investigación, la de los profesionales abnegados que dan lo mejor de sí por sus pacientes, la de las guardias, la de los servicios de urgencias, la de los quirófanos de madrugada, la de los diagnósticos imposibles, la pública y la privada, la que tiene como lema el ‘primum non nocere’ y como meta el bienestar del que sufre. Las otras medicinas no son ni siquiera alternativas, son simples mentiras.

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